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martes, 27 de diciembre de 2016

Podofilia: Rendidos a sus pies

Podofilia: Rendidos a sus pies
Según el Diccionario culto del erotismo, la "podofilia" es la pasión erótica o excitación sexual por los pies. Quien la siente recibe el nombre de podólatra porque, como bien dice la palabra, es un individuo que idolatra, que adora los pies. Se trata de una parafilia muy común en los varones y poco extendida entre las mujeres heterosexuales (algo más entre las homosexuales). 
Aunque es una variante sexual que se ha puesto más de moda que nunca en los últimos tiempos, su origen se remonta a la antigüedad. La obsesión de los chinos por los pies pequeños se exportó a Europa con éxito gracias a un cuento tradicional del siglo XI reescrito por Charles Perrault: 'Cenicienta', con un príncipe podófilo loco por desposar a la chica con los pies más pequeños del reino. 
No obstante, el germen de esta inclinación erótica sigue siendo un misterio que los hombres de ciencia llevan siglos intentando descifrar. Ya el doctor Richard von Krafft-Ebing, pionero de la sexología, estudió en su libro 'Psicopatía sexualis' (1886) varios casos de fetichistas del pie, a los que intentó (en vano) curar mediante técnicas de hipnosis. 
El profesor Rinaldo Pellegrini habló en su clásica enciclopedia 'Sexuología' (1968) de un hombre que sólo era capaz de copular con una mujer (campesina, para más señas) cuando ella tenía los pies desnudos. 
Freud psicoanalizó a muchos podólatras y remontó el origen del trastorno a la infancia: la necesidad imperiosa del niño de ver los genitales de su madre quedó detenida o reprimida y, por eso, bajó la vista con timidez y retuvo como fetiche al pie. Y Jung afirmó que el pie (y no la cara) es el símbolo del alma, porque es lo que sostiene al ser humano erecto (nunca mejor dicho). 
Podofilia
En la actualidad, hay opiniones para todos los gustos: desde erotómanos que subrayan el parecido entre el arco del empeine y las curvas femeninas, hasta especialistas que relacionan el efecto en la libido del olor vaginal con el que produce el aroma de los pies. Pasando por neurólogos y sexólogos que, como Valeriano López Alfajor, afirman que "los pies y los genitales ocupan áreas contiguas en el córtex somático-sensorial. Por eso los músculos de los puentes del pie se contraen durante el orgasmo". 
Por haber, hay hasta artistas y antropólogos que enlazan la podofilia con el elemento religioso: como en la tradición cristiana el acto de asear los pies ajenos es una muestra de humildad y mansedumbre ("si yo, el Maestro, os he lavado los pies, vosotros también debéis lavaros los pies los unos a los otros", dijo el Señor), no es difícil llevar el rito al lado oscuro y terminar fornicando con pies. 
Esta conexión mística fue observada por Luis Buñuel en su película 'Él', cuando el protagonista se enamora locamente de una mujer al fijarse en sus pies en plena misa, durante la ceremonia del lavado. 
La mujer es, en buena parte, culpable de la extensión de la podofilia. Son muchas las que se cuidan los pies tanto o más que la cara, y unas cuantas las que exigen masajes podales como precalentamiento antes de pasar a mayores (cosa que en Japón, país experto en reflexología podal, es obligatoria). 
Sin embargo, para el obseso de los pies, el mayor acto sexual no es la penetración, sino el llamado feet worship (en román paladino, "trabajarse un pie"), y se excita sobremanera al ver, tocar, acariciar, chupar, oler, lamer, besar o castigar de distintas formas cualquier parte del pie. Para estas prácticas se pueden usar desde cepillos para el pelo a plumas de diferentes aves, vaselina, cepillos de dientes, bolígrafos o barras de labios (para pintarrajearlos), pinceles, vibradores, cuerdas finas... A gusto del consumidor. Mientras algunos fetichistas disfrutan atando a sus víctimas para torturar sus plantas con cosquillas, otros prefieren sencillamente hacerles una pedicura completa o gotearlas con cera caliente. 
De todo hay en la viña del Señor, incluso sumisos que se excitan por el acto de ser pisoteados o voyeurs que sólo eyaculan al ver a una mujer aplastando bichos con sus plantas o sobando madelmanes con los dedos. El caso es que el podófilo disfruta tanto (o más) con un pie como otros hombres con unas nalgas o unos senos. Pero dentro del fetichismo hay grados: un abanico de intensidades que va desde el podólatra aficionado que admira el pie pero termina yendo al grano (o sea, a copular), hasta obsesos que sustituyen la penetración por lo que se conoce como una birmana; es decir, una masturbación efectuada con los pies (preferentemente lubricados). 
Algunos, auténticos gourmets del fetiche, prefieren aderezar los pies de su pareja con miel, nata, aceite de oliva virgen o bebidas alcohólicas antes de comerlos. Y los demás optan por el sabor y el aroma de los pies al natural, sin condimentos, e incluso hay quien los disfruta más después de que su dueña haya practicado un deporte de mucho sudar, o quien los venda con gasas para que transpiren más y luego destapa sólo los dedos, epara chuparlos con fruición. 
En fin, que el fetichismo de pies es un submundo poliédrico con infinidad de ramificaciones. Más que una perversión (palabra demodé), es una práctica sexual alternativa que puede estimular la vida sexual propia y ajena si se asume con naturalidad. En otros tiempos, todo lo que se saliera del apostólico coito vaginal era pecado o aberración, y los fetichistas recurrían a prostitutas para saciar su sed de pies. 
Hoy, nadie se asusta por estas cosas, que pueden disfrutarse con amantes ocasionales o en el seno de la pareja. Siempre de forma sana y mesurada, no como Joseph Weir, el fetichista de Brooklyn, que fue condenado por besar, acariciar y lamer a traición los pies de más de 70 mujeres en el metro de Nueva York. En su confesión, escribió: "Me arrodillaba, inclinándome respetuosamente, les agarraba los pies y los besaba. Les cogía la mano y les decía: 'Eres tan bella. No soy digno'. Algunas me dieron una patada y gritaron". Alguien debió decirle que, para llegar a catar los pies de una mujer, hay que empezar por seducir su cabeza.

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